Irma Maggi, una psíquica de dos mundos. Juan Gimeno – 2012 - Parapsicología de Investigación

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Irma Maggi, una psíquica de dos mundos. Juan Gimeno – 2012


IRMA MAGGI, UNA PSÍQUICA DE DOS MUNDOS
 
Juan Gimeno

En la primera entrevista a Irma Maggi publicada en una revista argentina (Vaccari, 1924), más tarde reproducida con otro título y sin mención de autor en Italia (1925), el periodista se atreve a un juicio categórico: “Pasa de un mundo al otro con la facilidad de quien tiene a mano los dos, y no precisa otro esfuerzo fuera del de dirigir la mirada adonde quiera” (p. 84). Más allá de la esperable aptitud de cualquier psíquico de adentrarse más o menos a voluntad tanto en el mundo de las percepciones normales como en el de las paranormales, Irma Maggi se caracterizó por transitar otros ámbitos duales: no sólo dividió sus años entre Italia y Argentina sino que recaló en el espiritualismo luego de haber partido desde un agnosticismo acérrimo; también fueron extremas sus épocas de colaboración incondicional con la ciencia, comparadas con otras de renuncia y descreimiento a cualquier actividad experimental; o los períodos de intensa exposición mediática confrontados con los de resuelta reclusión en lo privado. Todos estos elementos prefiguran una personalidad rica y compleja, que incentiva a la búsqueda de fuentes relegadas, para agregar algunas piezas al rompecabezas interminable de toda biografía.

Antecedentes

Las citas de Maggi que se acostumbra indicar son pocas y breves. Fernando Gorriti, en una conferencia dictada el 12 de agosto de 1932, al aludir a las nuevas cuestiones que habían comenzado a preocupar a los hombres de ciencia de Buenos Aires, recuerda: “Enrique Mouchet, profesor de la facultad de filosofía y letras, ha incluido en su programa de enseñanza una parte referente a la parapsicología”, agregando lacónicamente que “efectuó algunas experiencias con la señorita Irma Maggi (…) sin llegar a resultados convincentes” (Gorriti, 1932, p. 17). Esto último es corregido parcialmente por la involucrada desde las páginas de su libro (Maggi, 1964), donde se encuentran las únicas referencias biográficas conocidas hasta hoy. Ratifica la realización del experimento aunque se apresura a contradecir el resultado, asegurando que fue exitoso pero sin dar detalles del mismo. Explica que Gorriti no estuvo presente y fue mal informado, traduciendo la opinión de uno de los testigos recogida en una revista francesa: “El doctor Efron1 escribió a sus colegas de Alemania comunicándoles que había efectuado diversas experimentaciones con una interesante clarividente italiana, la señorita Irma Maggi”2 (Maggi, 1964, p. 85; la fuente primaria en 1932a, p. 75).

Dos de los primeros investigadores argentinos declaran haberla conocido personalmente. J. Ricardo Musso (1965) al aludir a sujetos que actúan en períodos de vigilia, señala: “En ese estado hemos visto actuar a algunos de los más grandes clarividentes del país, como la señora de Fernández, el doctor Ronald W., Nostradamus, Mr. Luck, King, Poletti, Irma Maggi, Iris Cazaux y Ana Grynn” (p. 102); por su parte José Fernández (1963) al mencionar psicómetras locales, apunta: “Entre nosotros, la sensitiva italiana, la señorita Ilma3 Maggi, realizó numerosas experiencias en el Círculo Psykesophia y en otros ambientes, mostrando particular capacidad para establecer la historia de personas vinculadas a objetos que tocaba” (p. 33).
 
En adelante se repetirán las referencias de su libro, de inevitable sesgo autobiográfico, y sobre todo la cita de Gorriti en textos de rigor documental, como uno posterior de Musso (1973) o los de Alejandro Parra (1993, p. 30; 1995, p. 225), de divulgación (Kreiman, 1994, p. 29) o en glosarios menos pretenciosos (Morel y Moral, 1977, p. 115; Dalmor, 1970, p. 308). Por último es necesario valorar la decisión de Jorge Villanueva (1992) de escribir un artículo íntegro dedicado a la psíquica italiana, con el mérito de reavivar el interés por el personaje y la temática.
 
“Algo oculto, inmensamente grande, estaba fuera de mi alcance para comprenderlo”
 
Irma Maggi nace en un pueblo agrícola de dos mil habitantes llamado Castel d’Ario, a 35 km de la ciudad de Verona. Después de los diez años se traslada con sus padres y varios hermanos varones a otro similar en la región del Piamonte4. Durante esta época ella se retrata como una muchacha habitual, muy activa, interesada en estudiar todo lo que le llamara la atención, aunque no especifica la realización de estudios formales. Trabaja mucho y prepara el ajuar para la boda que nunca llegará. De su formación ideológica reconoce haber estado en medio de los mismos tironeos que sufrió su país en el siglo XIX, entre los grupos de la derecha católica, conservadores y partidarios de la monarquía, y aquellos republicanos, socialistas y anarquistas, seguidores de Giuseppe Garibaldi, declarados libres y ateos. Finalmente, amparada por padres tolerantes, se consolida su posición republicana y se asume agnóstica, alejada de cualquier dogma, despreocupada de cuestiones trascendentales.
 
A partir de noviembre de 1918 cambiará drásticamente su vida. A los 36 años, ya viviendo en la calle Capellini 17 de la ciudad de Milán, sueña con la muerte de su madre Ercilia Nuvolari, hecho que se concreta un mes después y que la hace reflexionar: “En esa noche, lúgubre noche, tuve la primera impresión de que algo oculto, inmensamente grande, estaba fuera de mi alcance para comprenderlo” (Maggi, 1964, p. 114). Abrumada por la desaparición inesperada de su progenitora, mientras piensa en el suicidio escucha por primera vez una voz que le indica: “Toma el espiritismo”, doctrina tan popular por entonces. A partir de ese momento se inicia solitariamente en prácticas mediúmnicas. Utilizando el método del alfabeto, ve una cestilla deletrear, sin el contacto de sus manos, el sobrenombre con que su madre la llamaba cuando era pequeña y que había olvidado, lo que acepta como una prueba de su supervivencia. Continúa con ejercicios de escritura automática y mesas parlantes hasta descubrir El Libro de los Espíritus de Allan Kardec; por fin, decide volcarse casi exclusivamente a la psicometría. “¿Cómo capto las vibraciones del objeto para cristalizarlas en una criptestesia?” se pregunta, para reconocer: “Tengo que ponerme en un estado espiritual de meditación, sentir el ritmo de una poesía que me exalta y me concentra profundamente sobre el objeto o el escrito que tengo que escudriñar. En cuanto siento el ritmo que golpea en todas mis venas, escucho: es como si me desdoblara. Siento fluir de la mano al brazo y de éste al cerebro una pequeña vibración eléctrica, entonces me pongo a escuchar, firme, segura, con la respiración cerrada y toda la tensión nerviosa dedicada a ese fin; y sucede el milagro. Como telegramas urgentes llegan las sensaciones, las respuestas, los hechos, con tanta celeridad que la mano debe escribir febrilmente” (Maggi, 1964, p. 41).
 
Hacia 1920 comienza a realizar encuentros semanales en su domicilio a los que asisten amigos, parientes, curiosos y algunos intelectuales; también comienza a frecuentar los miércoles por la noche las reuniones de la  Sociedad Teosófica convirtiéndose en una seguidora de la doctrina de Helena Blavatsky, aunque siempre evitando encolumnarse detrás de escuelas específicas y sobre todo manteniendo relaciones armoniosas con el espiritismo.
 
Desde 1923 su nombre comienza a aparecer en revistas o en diarios como La Vita Internazionale, de Milán, L’Arengo o Il Giornale di Genova. El trato por parte de la prensa es de respeto y admiración. Como ejemplo puede revisarse el artículo ya mencionado de Caras y Caretas (Vaccari, 1924) en el que el cronista describe que es recibido por la anfitriona “lo más afablemente y abriendo sus grandes ojos soñadores”. Destaca que no cobra por sus servicios a pesar de vivir muy modestamente, y que se siente agobiada por la celebridad, al punto de estar dispuesta a cambiar de domicilio para eludir el asedio. En cuanto a la forma de operar, recalca que necesita tocar un objeto o una carta escrita a mano, agregando: “Si tengo delante solamente a la persona que me consulta, entonces las equivocaciones son casi imposibles”. Agrega el periodista que “no necesita ponerse en trance magnético, ni tampoco recogerse, aislarse” (p. 84), para luego describir su método, que se mantendrá inalterable a través de los años: “En cuanto se le pide que vea algo respecto a una persona o a un determinado objeto, empieza primero a tocar la mano de la persona o pasar el índice y el pulgar de la derecha sobre el objeto de que se trata, luego lee una poesía y empieza a describir la visión que se desarrolla delante de sus ojos” (p. 85).
 
Durante la entrevista el visitante extrae de entre sus ropas un fragmento perteneciente a una antigua tumba indígena guaraní y se lo presenta. La psicómetra describe un paisaje, da detalles de la supuesta ubicación original de la muestra y agrega: “Esta piedra estaba sobre la tumba de una mujer. Tiene usted en su casa un pedazo de esta misma piedra en el que yo veo escrita una palabra rara… Espérese… No me ayude… Déjeme leer: ‘omano’… ¿Es así? ¿Y qué quiere decir? ¿Será el nombre de la mujer?” (Vaccari, 1924, p. 84). El testigo se declara “pasmado” ante la demostración, ya que se trató de una pintura exacta de Yapeyú, el pueblo de donde fue extraída parte de la lápida que efectivamente conserva en su casa. Con respecto a la palabra, revela que significa “muerte” en su idioma original y que necesitó regresar hasta su domicilio para confirmar que estaba tallada en un lugar de la piedra, ya que lo había olvidado.
 
Poco después algunos libros comienzan a mencionar sus habilidades. Un abogado de Milán la cita brevemente (Picone Chiodo, 1928) como protagonista de una sesión ocurrida en 1924: “Y a propósito de la mediumnidad escribiente, no puedo no recordar a la señorita Irma Maggi, con la que (…) obtuve un mensaje mediúmnico dictado por mi padre -muerto en 1904- de grandísima importancia5 (p. 43), aunque no da otros detalles que permitan una mejor apreciación. El poeta Piero Padulli le otorga mayor protagonismo en su ensayo sobre la adivinación a lo largo de la historia. En un apéndice dedicado sólo a ella narra una sesión realizada en el local del periódico La Sera, en el que también apareció un informe al respecto (Fiamma, 1923). Se le entregaron manuscritos de diez y siete personas y ella, sólo introduciendo la mano izquierda en cada sobre, debía describir características físicas e intelectuales del autor de cada texto. Como resultado destaca que: “A menudo mencionaba el color del pelo, el timbre de la voz, el gesto o el paso. Sólo cuatro de diez y siete fueron vagos; ninguno inexacto; los otros estaban de acuerdo en todo, incluso los detalles eran ciertos”6 (Padulli, 1923, p. 50).
 
Irma Maggi perteneció a una generación marcada por un gran interés en estos fenómenos; fue contemporánea y cercana geográficamente de grandes investigadores, como el médico Cesare Lombroso (Verona 1835 – Turín 1909), el astrónomo Giovanni Schiaparelli (Savigliano 1835 – Milán 1910), el filósofo Ernesto Bozzano (Genova 1862 – Génova 1943) o el psiquiatra Enrico Morselli (Módena 1852 – Génova 1929), este último mencionado como participante de alguna de sus experiencias; sin embargo el único que a la postre la mencionará en sus informes será Ferdinando Cazzamalli, neuropsiquiatra y docente de la Universidad de Módena. Antes de fallecer en 1958 había completado un centenar de publicaciones científicas, siendo además fundador en 1937 de la Società de Metapsichica, director de la revista Metapsiquica y posteriormente en 1955 fundador de la Associazione Italiana Scientifica di Metapsichica.
 
Entre 1923 y 1924 Cazzamalli completó un extenso y pretencioso experimento, para demostrar que el cuerpo humano emite radiaciones electromagnéticas durante la realización de experiencias paranormales. Para ello construyó diversos receptores de ondas y los colocó junto a un sujeto dentro de una habitación aislada de las emisiones que pudieran llegar desde el exterior. Si la hipótesis era correcta, en el momento en que el sujeto protagonizara una percepción extrasensorial los receptores captarían las ondas emitidas, las transformarían en sonido y llegarían por medio de un cable conductor hasta el auricular que el investigador sostenía en su oído, instalado fuera de la habitación.
 
Irma Maggi fue la única psíquica que colaboró en el experimento, para lo que debía recorrer cada domingo los 49 km que la separaban del hospital psiquiátrico de Como, donde Cazzamalli era director. La elección del sujeto habrá sido un tema muy meditado para no frustrar todos los esfuerzos. En un artículo, Cazzamalli asegura sin ambages: “La señorita Maggi es una médium sensitiva de un poder extraordinario, clarividente, dotada de lucidez espontánea y provocada”; y por si fuera poco: “Es vivaz, distinguida en el trato y muy delicada en sus sentimientos” (Vaccari, 1925, p. 126); para enfatizar, ante la inquietud del periodista, que: “El examen neurológico más escrupuloso no hace descubrir en la Maggi uno solo de aquellos estigmas que constituyen los caracteres físicos de las neurosis originarias: epilepsia, histeroepilepsia, histerismo, etc.” (p. 127).
 
Cazzamalli logra incluir un primer informe de su experimento en la prestigiosa revista médica italiana Neurologica (Cazzamalli, 1925a), para luego publicar el texto definitivo en la Revue Metapsychique (Cazzamalli, 1925b). Asegura que durante la actuación de Maggi se escucharon diversos sonidos, análogos a silbidos, susurros, campanas o notas de instrumentos musicales según el caso, lo que le permitió asegurar: “No se puede concluir de otro modo que aceptando que la producción de ondas electromagnéticas dentro de la cámara aislante está en correlación directa con la etapa psíquica del sujeto. Esa oscilación proviene evidentemente de los centros nerviosos de la corteza cerebral”7 (p. 226). En un texto posterior (Cazzamalli, 1960) será categórico al recordar que si bien su sujeto en estado normal lograba actuaciones destacadas, “una aún más efectiva fenomenología criptestésica o telepsíquica -sin el estímulo de objetos- presenta en estado de leve hipnosis provocada rápidamente por fascinación: en tal condición adquiere una lucidez verdaderamente notable, con visiones alucinatorias verídicas en alto porcentaje”8 (p. 61).
 
“No tengo sino un sueño”
 
El 21 de noviembre de 1927 ancla en el puerto de Buenos Aires el barco Nazario Sauro procedente de Génova. Igual que dos millones y medio de compatriotas durante el siglo XX, Irma Maggi llega a la Argentina declarando en la ficha de inmigración ser soltera, católica y empleada de profesión (CEMLA, 2011). Los primeros tiempos son difíciles para una mujer sola, cuya actividad es confundida por la policía con la de otros que engañan a los incautos proponiéndoles curas milagrosas y otros sortilegios. “Era tanto el miedo, que corría a encerrarme en mi piecita en cuanto me era posible” (Maggi, 1964, p. 82), rememora sin rodeos, en una época en la que los grupos espiritualistas estaban en retroceso y la ciencia apenas comenzaba a observar con curiosidad el inexplorado campo. Recién un año después, a raíz de la organización de la Logia  Dharma, conoce en el local de la Sociedad Teosófica al dirigente Ángel Tassitano, quien la presenta ante un ambiente caracterizado por el hermetismo, para hacerla evocar ya con mayor entusiasmo: “Todas las noches, invitada por uno u otro médico, con mucha gente interesada en hacer experimentos, fui de una sociedad a la otra” (Maggi, 1964, p.83).
 
En lo económico las cosas no se originan mejor. En julio de 1929, con La Gran Depresión a punto de estallar, considera su regreso: “Calculando mis posibilidades, gastando bien poco diariamente, apenas podría llegar a fin de septiembre… después, habría telefoneado a mi hermano en Milán, para que me mandase para el viaje de vuelta” (Maggi, 1964, p. 77-78). Sin embargo la suerte comienza a cambiar con un contrato de dos meses para hablar sobre grafología en Radio Nacional. Poco a poco se va haciendo conocida, hasta que el sábado 5 de marzo de 1932 aparece por primera vez su sección El Rincón del Misterio en uno de los tres diarios más importantes de la ciudad. Junto a su foto, será presentada como “una vidente de extraordinarias condiciones. Los lectores de El Diario la conocen por habernos ocupado de ella, de sus estudios y sus extraños experimentos en más de una ocasión” (1932b, p. 4).
 
Semanalmente y durante casi dos años escribe tres columnas en el cuerpo principal del vespertino. Con un lenguaje intimista y ameno divulga temas tan variados como la numerología, la alquimia, la metapsíquica o el ocultismo en el antiguo Egipto; también aprovecha para promocionar otras actividades propias, como la charla sobre psicometría que ofrece el 7 de junio de 1932 por Radio París o la respuesta a Gorritti aclarando sus dichos en la conferencia ya citada. Pero el infalible atractivo consiste en la publicación de las psicometrías que realiza sobre los manuscritos que le envían; allí pueden leerse retratos que sólo el dueño de la carta puede apreciar, pero que colaboran sustancialmente para incrementar su popularidad y anima a muchos a querer conocerla personalmente.
 
En una de las últimas entrevistas europeas, más tarde publicada en la ciudad argentina de Rosario (Colonello, 1930), el periodista destaca: “No es el dinero lo que le interesa sino la persona que le es presentada, porque su ciencia no es comercial; no es más que la prolongación de una noble misión que su alma generosa y buena se ha trazado” (p. 6). En la guía telefónica de Buenos Aires y sus alrededores de 1934 aparece por primera vez su nombre, con dirección en la calle San Lorenzo 601 de La Lucila, localidad de clase media acomodada a treinta minutos en tren del centro, donde habita un chalet estilo amalfitano que denomina La Serenetta, todavía hoy en pie. La vivienda la comparte con su hermano Gino, pintor y profesor de bellas artes, quien llegó poco después que ella desde Italia. Teniendo en cuenta que no se le conoce otra actividad lucrativa, la mudanza desde la “piecita” debe haber sido posible gracias a la profesionalización de su misión, al menos entre los consultantes particulares.
 
De ser cierta esta última presunción, se habrá facilitado por su notoriedad también entre ricos y famosos, que la llevó a rechazar una invitación de la Primera Dama Eva Perón para participar de reuniones espiritistas rentadas en la residencia presidencial, al considerar que el esposo era “otro dictador que tenía amedrentada a la gente que amaba la justicia, la verdad y el bien” (Maggi, 1964, p. 47). En otro párrafo de su libro admite: “Invitada por una familia aristocrática de Buenos Aires, tuve el placer de conocer a diversos personajes de la cultura argentina: poetas, literatos, periodistas, y entre ellos al emir (príncipe) Emin Arslan” (Maggi, 1964, p. 84), primer embajador turco en el país. Otro diplomático dejó en sus memorias un sugestivo testimonio. Se trata de Alfonso Reyes, distinguido escritor y embajador mexicano, quien le ofrece para psicografiar una gorra que había usado su padre Bernardo en el momento de morir en 1913 siendo jefe de una rebelión, episodio que narra así: “Quiere dirigirse a la guarnición, adelanta su caballo y levanta las dos manos como pidiendo calma y silencio (…) pero una descarga de ametralladora pone fin a su vida. El general cae entre el tumulto, y toda la ciudad, en estado de trágica expectación, asiste durante 10 días al duelo de artillería y escaramuzas entre las fuerzas del gobierno y los sublevados” (Reyes, 1989, p. 366). Reyes recuerda que Maggi, luego de leer unos versos del poeta D’Annuncio y hacer ejecutar unos compases en el piano, escribe: “Este objeto me habla de una extraña indefinida sensación - Siento una alarma - una confusión - una intriga - una repercusión - Siento algo de trágico en su entorno, como si se hubiese derramado sangre - Veo sitios distintos a los de aquí - Siento hordas fanáticas que corren a la revancha - Algo trágico y espectral - Algo extraño e irresoluto”; y después de describir acertadamente el paisaje, culmina: “Veo guerreros y veo a su vez una especie de dinastía que cayó” (p. 365).
 
Si bien Fernando Gorritti no lo especifica, el experimento en la facultad de filosofía y letras fue una de las primeras tareas del Instituto de Psicología, dependiente de dicha casa de estudios. Fue creado el 24 de noviembre de 1931 y una de sus secciones se denominaba de “Psicología Paranormal”, siendo el primer antecedente de una institución oficial dedicada a este tipo de investigación en el país. Este emprendimiento tuvo una vida efímera, por lo que no se conoce otra colaboración de Maggi y ni siquiera la publicación de aquella primera. En cambio tuvo mejor suerte el Círculo Espiritual Metapsíquico Psico-sofía9 inaugurado el 20 de julio de 1929, integrado por espiritistas, teósofos y metapsiquistas. En la gacetilla de presentación se aclara que “se ha fundado con el objeto de divulgar los fenómenos que produce la distinguida médium y psicómetra italiana Ilma Maggi, de cuyas facultades es bien conocida en Europa” (1929a, p. 744). Su primer presidente fue Fortunato Jaureguiberry y se reunía los martes a partir de las nueve de la noche en la sede de la sociedad espiritista Constancia, en la calle México 3209.
 
A partir de octubre de 1932 comienzan a transcribirse en la revista Constancia diversas psicometrías efectuadas en el Círculo, traducidas del italiano, idioma en el que sigue escribiendo Maggi, aclarando que: “Son parte de tres gruesos cuadernos [nunca publicados íntegramente] conteniendo las experiencias que semanalmente viene realizando con la Srta. Ilma Maggi desde hace más de 3 años” (1932c, p. 1005). A juzgar por lo publicado los resultados siguen siendo sorprendentes, a pesar de que no se brindan detalles de los procedimientos destinados a inhibir las filtraciones sensoriales y otros defectos metodológicos. Como ejemplo puede leerse la descripción realizada ante la fotografía oculta del teósofo Curuppumullage Jinarajadasa: “Es como el apóstol de un ideal espiritual lo que veo. Veo como un vestido oriental que él lleva siempre (…). Sacerdote de una iglesia laica. La base de su religión está en la India romancesca, en la india espiritual (…). Es la Yoga y la Yoga es una perfección espiritual que desde la India Oriental se proyecta sobre Occidente” (1933a, p. 211).
 
Otros casos resultan aleccionadores para destacar la debilidad del método que desestima la evaluación a ciegas por parte de los propios implicados. Como el del “señor A”, que había dejado dentro de un sobre escritas sus iniciales. En el informe se señala: “A medida que escuchaba, dejaba escapar palabras de gran asombro: ‘Exacto’, ‘extraordinario’, etc. La señorita Maggi había descripto su carácter en una forma tan exacta y precisa que era prácticamente lo que provocaba sus exclamaciones” (1929b, p. 1142-1143). Con respecto a este problema, resulta clarificadora la declaración de Alfonso Reyes antes de entregarle a Maggi la gorra de su padre para la realización de la psicometría citada más arriba: “Puse de acuerdo a mi mujer, para que, en todo caso, no pusiéramos a la mujer en ridículo y dijéramos que había acertado, y le recomendé el mayor secreto” (Reyes, 1989, p. 362), previsión que en ese caso no fue necesario poner en práctica.
 
En marzo de 1933 se dio por finalizada la publicación de las psicometrías. En las reflexiones finales el Círculo aclara que no todas las experiencias dan resultados positivos, sino que también “se puede encontrar algunas malas, con error parcial o total de percepción, sin que esto invalide a las buenas”, para a continuación definirse rotundamente sobre las causas: “No cabe duda que la hipótesis espiritualista de la colaboración de guías o maestros se impone como la más simple, la más intuitiva y la que abarca satisfactoriamente el mayor número de fenómenos” (1933b, p. 258-259).
 
“Y sigo mi destino, inexorablemente sola”
 
Maggi declara que su colaboración con el Círculo finalizó en 1935, lo que coincide con una noticia de fines de 1934 anunciando la mudanza a un local propio en el primer piso de la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen) 2850, agregando que: “Es propósito de la Comisión ampliar el campo de acción a otros géneros de experimentación supranormal, como también organizar ciclos de conferencias” (1934, p. 384). La decisión de la psíquica debió estar basada en las escasas repercusiones logradas; muy por el contrario, sólo se conseguía promover interminables discusiones que la harían opinar ácidamente sobre el “enorme grupo de fanáticos de tal o cual sociedad (…). Opositores y agresivos en sumo grado, consideran que sólo su medicina es la buena, su sociedad la mejor y que todos los demás son ‘charlatanes’” (Maggi, 1964, p. 99-100). A los 53 años, apoyada por múltiples seguidores, inicia una etapa en la que difundirá sus ideas y promoverá sus habilidades en forma particular. La muerte de su prometido en julio de 1936, definida por ella como el mayor dolor después del fallecimiento de su madre, la priva de cualquier propósito familiar, aunque la decide a invertir todas sus energías en el nuevo proyecto.
 
El 1° de octubre de 1936 aparece la revista Diógenes. Maggi es su directora y especie de numen inspiradora de artículos, poesías y recuerdos. Reserva su palabra elegante y precisa para las editoriales, insistiendo con la búsqueda de la paz mientras el mundo se prepara para otra inminente guerra mundial. En el primer número puntualiza sus aspiraciones para el nuevo medio: “Será ecléctica, unirá la espiritualidad en sus ramas complejas de filosofía, estudios trascendentales, metapsíquica, hermética, teosofía oculta. Tendrá la unión con la ciencia, mediante la palabra y con apoyo de los más grandes hombres de ciencia. Tendrá su unión con el arte porque éste ¿no es acaso la expresión de la belleza de la inspiración?” (Maggi, 1936, p. 1). Hasta fines de 1940 Diógenes aparece mensualmente con una tirada de dos mil ejemplares, que se venden por suscripción y en quioscos de varias ciudades. En sus veinte páginas aparecen colaboraciones de prestigiosos periodistas y autores, además de incluir antiguas psicometrías.
 
Otro de los objetivos de la revista es la difusión de las demás actividades de Maggi. En este sentido puede leerse la invitación a escuchar sus reflexiones sobre psicometría de los días viernes, de 14 a 15 horas, por Radio Cultura, en el programa Je Sais Tout, o seguir las repercusiones, en octubre de 1936, de una entrevista en Radio LT3 de Rosario, u otra en el diario La capital de la misma ciudad. Estas presentaciones eran para promocionar series de conferencias en teatros, en las que si bien se explayaba sobre temas teóricos el verdadero atractivo radicaba en la práctica de la psicometría. Para ello hacía recolectar dentro de un sombrero pequeños objetos de los presentes, para luego tomar cada uno en sus manos y declarar en voz alta lo que le sugerían. Los aplausos llegaban cuando alguien reconocía la historia del objeto o de su dueño y se acercaba para recuperarlo. Eventualmente tras su partida quedaban organizados grupos que seguían sus enseñanzas y trataban de desarrollar la percepción extrasensorial, según ella misma recuerda: “Todos los lunes, por la noche, a las 0,30, yo me concentraba y enviaba una pregunta a los amigos en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Montevideo, etcétera. Cada uno, desde su residencia, me enviaba por escrito aquello que había captado” (Maggi, 1964, p. 97-98). Las visitas periódicas posteriores iban completando el curso, denominado “de desenvolvimiento espiritual”, cuyas lecciones transcriptas se definían como: “Un acercamiento ecléctico a las distintas escuelas espirituales, tomando de cada una lo que resulta más fácil, más sano y justo para unirlas en una armonía de conjunto” (1937, p. 11).
 
Esta rutina extenuante se mantuvo hasta principios de los años cincuenta. “Espléndido período éste”, reconoce, aunque analiza la conducta de algunos participantes que llevó a finalizarlo: “Se introducían con el deseo de saber; trababan amistad… y cuando era el momento justo… prometían que serían capaces de dar poderes sobrenaturales, de enseñar aún más… y se iban, llevándose casi todos los compañeros del grupo (…). Recomencé tres veces. Después me cansé” (Maggi, 1964, 98-99). En 1953, César Bogo, el gran historiador del espiritismo argentino, llega hasta La  Serenetta para rescatarla de “un voluntario ostracismo activo” (Bogo, 1953). ¿Qué paralelismos pueden encontrarse entre esta Irma y aquella otra de 1924 visitada por Vaccari en Milán? En principio Bogo coincide con su colega al describir una figura pequeña, movediza, grácil, hablando aún la lengua del Dante. A diferencia del hogar despojado del Viejo Mundo, ahora habita “un chalet que se destaca por su moblaje sencillo aunque de exuberante riqueza estética”, notando además la presencia de “libros, muchos libros, cuadros, diversas muestras de arte escultórico, un cálido matiz de bohemia”. Frente a la consulta de si persisten “sus virtudes de sensitiva”, no duda en responder: “En toda su intensidad, y creo que hoy se han superado, gracias a la experiencia conquistada al cabo de 30 años de labor”; aunque a diferencia del entusiasmo juvenil, ante la sugerencia para participar de futuros experimentos, el periodista recibe una respuesta contundente: “Muchos son los trabajos llevados a cabo por ella con tal propósito, mas los resultados fueron tan pobres que no justificaban el menor esfuerzo en tal modo” (p.180), considerando más útiles las consultas personales.
 
Lamentablemente esta hostilidad hacia la experimentación llega en el momento en que en la Argentina se organiza definitivamente la parapsicología científica, y muchos investigadores salen a la búsqueda de psíquicos. En 1948 se funda la Sociedad Argentina de Parapsicología y en 1953 el Instituto Argentino de Parapsicología; pero el lugar vacante más notable dejado por Maggi será en el Instituto de Psicopatología Aplicada, creado en 1948 dentro del Ministerio de Salud Pública de la Nación. Allí, en su Gabinete de Metapsíquica, su director, el médico Orlando Canavesio, amigo y adherente a las hipótesis de Ferdinando Cazzamalli, realiza una serie de electroencefalogramas a una docena de psíquicos, con la esperanza de logar un trazo característico durante la producción de fenómenos extrasensoriales, trabajo que configura su tesis doctoral (Canavesio, 1951), primera en Iberoamérica sobre la materia.
 
“¿Vienes a advertirme que ya debo morir?”

En la primavera boreal de 1962, Irma y Gino recorren durante cuatro meses los lugares emblemáticos de la península itálica. El reencuentro con viejos conocidos le permite a ella conciliar el placer del viaje con algunas actividades que hacía tiempo no realizaba. Dicta dos conferencias en la sede de la Sociedad Teosófica de Milán, la misma en la escuchó por primera vez la palabra psicometría; habla en una radio de Turín, y el 17 de abril se observa por primera vez en la pantalla de un televisor, a raíz de una entrevista que escandaliza a la Iglesia Católica; también asiste a un congreso metapsíquico, del que no da detalles aunque en su breve comentario parece sobrevolar cierta ironía y desazón: “Grandes palabras, cosas grandes, toda una búsqueda minuciosa en torno del gran enigma: ¿son los muertos quienes hablan, quienes nos aconsejan?” (Maggi, 1964, p. 146). En la culminación del periplo llega a Castel d’Ario en una fecha muy especial: “Allí las piedras hablaban para mí. Cada paso era un recuerdo de mis seres queridos ya desaparecidos y de mi adolescencia, de mi juventud (…). Allí cumplí mis ochenta años, allí, en la casa en que había nacido, entre parientes jóvenes y nuevos amigos, pues a los demás sólo los encontré en el cementerio” (Maggi, 1964, p. 147-148).
 
Aquel viaje y sobre todo aquel cumpleaños tan particular debieron ser parte de los rituales de quien se siente cerca de la muerte, la misma que durante tanto tiempo trató de desentrañar. Como cuando en septiembre de 1946 leyó su ponencia en el Congreso Espiritualista para el Estudio de la Reencarnación: frente a los principales dirigentes americanos, advirtió antes de argumentar: “Mis convicciones sobre la reencarnación, no las he adquirido leyendo libros, escuchando conferencias, o asimilando ideas de los Maestros; sino que llegaron a mí, sencillamente, por el desarrollo interno de mi Yo espiritual, siendo esa mi verdad” (Maggi, 1946).
 
Al regresar a la Argentina se muda a Recoleta, el barrio más lujoso de la ciudad de Buenos Aires. Allí vivirá sola sus últimos años, en el octavo piso de un edificio de la calle Pueyrredón 1963, en donde escribirá los dos libros que resumen su vida. En el primero, ya insistentemente citado, todavía pueden encontrarse novedades, como el ejercicio eventual de curaciones, experiencias fuera del cuerpo o prácticas de radiestesia; también la extrañeza por su etapa de artista plástica, que le permitió realizar numerosas exposiciones de sus óleos en distintas galerías. Enzo Aloisi, escritor, periodista y dramaturgo italiano, colaborador asiduo en Diógenes, la presenta asegurando que pese a la edad: “Se entrega, todavía infatigable y fervorosa, al ejercicio de sus facultades (…). Posee, en grado sumo, los medios para ese deslumbrador y riesgoso ejercicio que cumple todavía con la clarividente precisión de sus mejores tiempos” (Maggi, 1964, p. 9).
 
El segundo libro aparece en 1972. Incluye poesías y breves ensayos que por sus títulos (“La elocuencia de una armonía interior”, “La dimensión oculta del hombre”, y hasta una curiosa “Meditación sobre las apariciones de los ovnis”) parecen haber sido parte de sus cursos y alocuciones. Una información que desliza casi al pasar abre una nueva dimensión en su biografía. Al recordar una luxación de rodilla que la había obligado al reposo, comenta entristecida: “Pensaba que tendría que suspender mis sucesivos viajes a llevar el alivio a tantos menesterosos que esperaban el auxilio que yo les podía prestar” (Maggi, 1972, p. 76), aunque no abunda en pormenores. En otro aspecto, el prologuista menciona las legiones de discípulos, admiradores y amigos que la rodean constantemente; y en el final de una entrevista incluida sin referencias de edición, el periodista lleva al extremo su ponderación: “Mucho agradecemos esta muestra de su exuberante bondad, como siempre, para con nosotros sus admiradores y cuantos recibimos a diario sus consejos y orientaciones, para alcanzar el dominio de la verdad”, despidiéndose con una expresión más que fehaciente: “¡Muchas gracias, venerable Maestra!” (Maggi, 1972, p. 63).
 
En 1971 concede dos últimas entrevistas para medios masivos de comunicación. En un semanario político (O’Neill, 1971b) se la presenta como “una de las 3 mejores de la profesión actualmente en Buenos Aires”. La sorprenden mostrándole diez fotos de candidatos y le preguntan: ¿Quién será el próximo presidente [de la república]? Mira consternada a su inquisidora y contesta, acertando: “Nessuno”10 (p. 11). En cambio en la otra, más extensa y respetuosa, la misma periodista parece caer bajo su influjo al describirla como: “Una anciana menuda, de cabellos blancos y ojos claros asomados como dos gotas de rocío (…). Una sonrisa buena, menuda como ella, de criatura que sabe que se ha portado bien” (O’Neill, 1971a, p. 32). La entrevistada reconoce no haber dormido en toda la noche por problemas de salud, pero de buena gana repasa su vida y vuelve a explicar, con las mismas palabras que medio siglo atrás, las sensaciones que recibe al tocar un objeto; y ante la pregunta inevitable sobre si teme a la muerte, responde serena: “No: la muerte es sólo cerrar los ojos a esta realidad. La vida es muerte y la muerte es vida: el alma encuentra su completa y maravillosa libertad” (p. 33).
 
Jorge Villanueva (1992) asegura en su artículo que el fallecimiento de Maggi ocurrió durante el año 1972, aunque esta afirmación no está abalada por ningún documento. Revisando una poco difundida segunda edición del libro de Dalmor (1989), se lee en un apéndice de actualización que el deceso ocurrió el 18 de mayo de 1973 (p. 670), dato que puede verificarse consultando el diario La Nación del día posterior (1973, p. 15). Pero más allá de este detalle, su muerte no habrá resultado inesperada teniendo en cuenta que ya había cumplido 90 años, y poco antes rubricaba una poesía titulada “Premonición”, en la que luego de describir una visión de su madre, vestida de luto y con el “corazón doliente”, agregaba:
 
“Al instante he tenido
un extraño presagio
-Tú, ¿vienes a advertirme
que ya debo morir?
Lo sé madre, pero esto no me espanta
porque … ¡Voy hacia ti!” (Maggi, 1972, p. 17-18).
 
AGRADECIMIENTOS
 
A Ariel Farías por la traducción de los textos en francés. A Ulises Cassinelli por la búsqueda de material específico en la sociedad Vanguardia Teosófica de Buenos Aires, de la que es presidente; y sobre todo al Dr. Massimo Biondi por el trabajo de campo realizado en Italia, buscando textos, fotografías y datos biográficos. Sin la ayuda desinteresada de todos ellos este ensayo hubiese quedado mucho más incompleto.
 
REFERENCIAS
 
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NOTAS

1. David Efron fue un destacado antropólogo argentino y uno de los académicos más comprometidos en fundar una parapsicología nativa. A mediados de 1929 fue enviado a Europa por Ricardo Rojas, rector de la  Universidad de Buenos Aires, para visitar el Instituto Metapsíquico Internacional y otras instituciones similares.
2. En el original: “Le Docteur Efron, rentré en son pays, a informé ses cofrères d’Allemagne des séances qui ont lieu avec un intéressant médium italien: Mlle Maggi” (p. 75).
3. Existe una confusión con el nombre de pila de Maggi, ya que unos la conocen como Irma y otros como Ilma. En primera instancia parecería tratarse de un error tipográfico, pero no lo es. Su verdadero nombre es Irma, aunque ella en algún período de su estadía en la Argentina gustara llamarse Ilma. Si bien no fue posible dilucidar el motivo de esta sustitución, en este artículo se respetará cada mención de manera textual.
4. Todos los datos biográficos que no estén acompañados de una cita expresa, igual que los subtítulos encomillados, fueron obtenidos de los libros de Maggi (1964, 1972).
5. En el original: “E a proposito di medianità scrivente non posso non ricordare la signorina Irma Maggi, colla quale (…) ottenni un messaggio medianico dettato da mio Padre – morto nel 1904 – di grandissima importanza”.
6. En el original: “Spesso vi si dice il colore dei capelli, il timbro della voce, il gesto ed il paso. Soltanto quattro su diciasette apparvero vaghe; nessuna inesatta; le altre furono rispondenti in tutto, anche nei particolari, al vero”.
7. En el original: Ne peut conclure autrement qu’à la production d’oscillations électro-magnétiques, dans la chambre isolante, en corrélation directe avec l’étap psychique des sujet”.
8. En el original: “Ma una ancor più vivida fenomelonogia criptestesica o direi meglio telepsichica –senza stimolo di oggetti- presenta la Maggi in istato di lieve ipnosi, provocabile in brevi istanti col procedimento di fascinazione: in tale condizione la  Maggi acquista propietà di lucidità veramente notevoli con visioni allucinatorie risultate in alta percentuale veridiche”.
9. Al Círculo se lo menciona de diversas maneras, entre ellas: “psico-sofía”, “psikesophia”, “psykesophia”, “psiche-sofía” o simplemente “círculo psyke”. Probablemente la discrepancia surgiera de la libre traducción del neologismo alemán “psichosophi” (a su vez del griego psiche: alma; y sophia: sabiduría, conocimiento) creada por Rudolf Steiner, teósofo disidente, fundador de la Sociedad de Antroposofía, fallecido en 1925.
10. En español: “Ninguno”.
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