Marchesini, un Cordobés que Asombró al Mundo. Rodolfo Villagra - 2008 - Parapsicología de Investigación

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Psíquicos > Enrique Marchesini
Artículo en diario "La Mañana" de Córdoba de 9-3-2008


Marchesini, un cordobés que asombró al mundo
Con sus diagnósticos médicos a distancia, provocó no sin polémica, el estupor del mundo científico en general. Muchos ciudadanos famosos o no, pasaron por su domicilio para recibir sus impresiones, gran parte de las cuales fueron acertadas.

Rolando Villagra
Especial para LA MAÑANA
Los relatos y anécdotas de la Córdoba que se fue serían por demás incompletos si no se hiciera referencia a la actuación de Enrique Juan Basilio o simplemente Enrique Marchesini, como acostumbraba llamarse.

Este personaje cordobés, en el siglo pasado y durante más de cuarenta años, colaboró con algunos médicos, en el barrio General Paz de esta ciudad, más precisamente en la avenida 24 de Setiembre al 1.200, casi esquina Jacinto Ríos, frente a las Escuelas Pías.

Fue el mismo instituto que en su juventud lo albergó como alumno, tanto en la primaria como en la secundaria, antes de que -sin ser facultativo diplomado y fuera de las reglas comunes de la medicina- produjera diagnósticos exactos y sorprendentes.

Los mismos eran a distancia, es decir, sin la presencia de los enfermos en la mayor parte de los casos, bastando que pudiera tocar un objeto, una firma y hasta el trazo de un lápiz sobre un simple papel, realizados o de pertenencia de los mismos, para obtener revelaciones o descubrimientos precisos, asombrosos e inexplicables sobre sus dolencias.

Estos episodios hoy todavía se recuerdan y, por supuesto, no tienen una explicación lógica o racional, sea de carácter médico o científico. Eso sí, jamás sustituyó la labor del facultativo diplomado, no daba recetas o medicamentos, ni efectuaba curaciones.

Pero para que no se crea que exageramos o que estamos hablando de un ser mitológico o de leyenda, más tradicional que histórico, es que prefiero que esta nota se integre con relatos realizados por quienes fueron sus biógrafos o de alguna manera lo conocieron, se vincularon o recurrieron a sus consultas, en la época en que él comenzó a ejercer esta enigmática profesión de clarividente.

Su personalidad

Por empezar diremos que hoy si uno entra caminando dentro de la actual estación de servicios ubicada al frente de las Escuelas Pías, es decir, en avenida 24 de Setiembre, esquina Jacinto Ríos, fácilmente descubrirá una inscripción que existe en el piso o en el cemento de la misma playa donde podrá leer lo siguiente:

“Por este solar pasaron cientos de miles en busca del diagnóstico de sus dolencias. Enrique Marchesini, un ser excepcional, dejó sus huellas cósmicas aquí”.

Hijo de inmigrantes italianos, Marchesini, había nacido en Córdoba (Cosquín) el 8 de diciembre de 1906, habiendo cursado los estudios primarios y secundarios -como ya se ha dicho- en la entonces flamante “Escuelas Pías” del barrio General Paz, las que fueron fundadas en 1904.

Eran cinco hermanos, Enrique permaneció soltero y no dejó descendencia, habiendo fallecido en esta ciudad el 11 de diciembre de 1975, si se quiere inesperadamente, con motivo de una embolia.

Sucedió cuando ya se estaba reestableciendo de un accidente automovilístico que le había fracturado una pierna y algunas costillas, muy cerca -dicen- del lugar donde, cuando joven, había tenido otro accidente, el cual, para algunos -como se verá más adelante- fue determinante para acentuar o acelerar la conciencia de su clarividencia.

Como dice J. J. Pérez Castellano, con el título “Un personaje que se dedicó a la psicometría “(véase “Los Principios” del 18 de diciembre de 1975) “aspiraba a ser médico”, pero no llegó a diplomarse, actuando como dice este comentarista “paralelamente a la ciencia médica”.

Colaboraba, incluso por pedido de los propios médicos, sin dar recetas ni efectuar curaciones, sobre la base de diagnósticos precisos respecto a las dolencias de quienes lo consultaban.

La parapsicología argentina

En nuestro país, desde 1953, fue creado el Instituto Argentino de Parapsicología, sucesor del Departamento de Psicología Paranormal, creado en 1931 en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, y también del Gabinete de Parapsicología, el que en 1948 fuera dependencia del Ministerio de Salud Pública de la Nación.

Si definimos a la parapsicología como “el estudio de los fenómenos y comportamientos psicológicos de cuya naturaleza y efectos no ha dado hasta ahora cuenta la psicología científica, como la telepatía, levitación, etc.”, (ver diccionario Espasa Calpe), tenemos que convenir, -como lo dice por Internet su biógrafo más reciente Juan Gimeno en una nota titulada “Enrique Marchesini: el clarividente diplomado”- que este cordobés tuvo el “privilegio de haber sido el primer sujeto que actuó en experiencias con un carácter de seriedad científica en Argentina, por el año 1932”.

Estas demostraciones las hizo en Buenos Aires en el Hospicio de las Mercedes, como más adelante se verá. J. J. Pérez Castellano (op.cit.) afirma que la antigua revista “El Hogar”, en un comentario publicado en dicho año , decía: “De Córdoba llegó hace pocas semanas un joven “psicómetro”, vidente extraordinario: Enrique Marchesini, tal es su nombre, se dedica por dicho procedimiento a producir diagnósticos médicos” .

¿Cómo estos diagnósticos se realizaban? Gimeno cita a Gorriti (“Las fuerzas metapsíquicas” 1932, pág. 18) que decía que éste “describía los rasgos más característicos de cualquier persona desconocida para él, bastándole que dicha persona trazase una raya cualquiera con un lápiz sobre un papel, al mismo tiempo que recorría con uno de los dedos de la mano el trazo del lápiz, y, previo un instante como de inspiración suscitado por la lectura de las estrofas de algunos versos que tenía escrito en una libreta”, producía su diagnóstico.

Esta experiencia ocurría -según Gorriti, citado por Gimeno- en el Hospicio de las Mercedes (hoy Hospital Neuropsiquiátrico Psicoasistencial José T. Borda, en aquel entonces a cargo de su director Gonzalo Bosch).

Otra forma es la que describe Orlando Canavesio, en cuya tesis doctoral -también citada por Gimeno- al dar un ejemplo de psicometría afirmaba: “Marchesini tomaba una prenda de vestir de una niña presente y decía: “La enfermedad de esta niña está en los bronquios, siento en mí a ese nivel sensación de espasmos, contrición. Información a la cenestesia. La niña padecía de asma” (Canavesio 1951, “Electroencefalograma en los Estados Metapsíquicos” pag.71).

Es necesario destacar también la opinión de José María Feola, investigador argentino -citado igualmente por Gimeno- quien sostuvo: “En la Argentina hemos tenido a uno de los grandes psicometristas de todos los tiempos: Marchesini. Desgraciadamente, nadie se ha interesado en escribir un libro sobre Marchesini, de lo contrario se lo ubicaría al lado de Edgar Cayce, o tal vez más alto. Que yo sepa, Marchesini nunca falló en dar un diagnóstico preciso... Le bastaba tocar un objeto para saber lo que afectaba al dueño y recomendarle qué hacer” (Cuadernos de Parapsicología, Edición Especial 1998, pág. 7)

Accidente automovilístico

Gimeno (op.cit.) -presumiblemente en el año 2006- relata que viajó a Córdoba y que se entrevistó con dos personas que lo conocieron a Marchesini, o sean su amigo personal Miguel Angel Barrigó, quien supo tener una librería en el Pasaje Muñoz de esta ciudad, y el médico Carlos Sueldo, que era su sobrino.

De ellos posiblemente hayan surgido las primeras anécdotas familiares que Gimeno transcribe: por ejemplo, cuando durante un viaje a Europa que Marchesini realizó con su padre, a la edad de 12 años, circunstancialmente ambos se encontraron visitando una antigua iglesia en Italia y es entonces cuando éste le manifiesta a su padre tener la sensación de haber estado ya en ese lugar; y ante la incredulidad de su padre -relata Gimeno- descubrió, detrás de un mueble, una puerta oculta con un pasadizo que estaba vedado al turismo.

Además, mientras descansaban en el viaje de regreso, junto a la baranda del barco, “sin que mediara motivo aparente, anunció que había muerto su abuela paterna”. “El padre -afirma Gimeno- lo recriminó duramente, ya que en el momento de partir su madre estaba en perfecto estado de salud, lo que no impidió que el fallecimiento se confirmara al desembarcar en Argentina”.

Sin embargo, estos episodios que hasta ese entonces eran aislados o esporádicos, en los que se incluían -según su biógrafo- juegos y bromas sobre “eventual adivinación de las calificaciones de sus compañeros de colegio, celosamente guardadas en las libretas de los profesores”, se transformaron en habituales con motivo de un accidente automovilístico que Marchesini tuvo junto a sus dos hermanos varones, en 1929, en un viaje a Alta Gracia, siendo él el único herido.

A raíz del golpe -según Gimeno- éste “sufrió una subluxación de cervical baja, una compresión medular de la que quedó con una pequeña protuberancia y una leve inclinación de la cabeza hacia delante en forma permanente”. A partir de entonces -dice- “su vida comenzó a girar alrededor de su clarividencia” (op.cit.).

Sin ser especialista estimo que esta revelación mental en plenitud o la afirmación súbita de su extraordinario talento puede no haber sido por efecto de las lesiones en sí , sino quizás porque el colapso extremo del accidente exaltó o sublimó en su mente valores hasta entonces desconocidos, o que estaban subalternizados, olvidados o subsumidos, es decir, que en este caso la misma introversión sobre su subconsciente o sobre el valor de su propia vida puede haber influido en su personalidad y dado nacimiento a la consolidación de una facultad innata u oculta que ya poseía.

Un episodio similar es relatado por Jorge Luis Borges, en un cuento titulado “Funes el memorioso”, dedicado a destacar la extraordinaria memoria de Irineo Funes, hijo de una planchadora del pueblo de Fray Bentos (Uruguay), el cual, de memoria y sin reloj, nunca se equivocaba al decir la hora.

El «don» surgió tras haber sido volteado por un “redomón azulejo”, que lo dejó tullido y en cuya caída le hizo perder momentáneamente el conocimiento.

Descubrió, Funes, al volver a la realidad, que “el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales”, como las de “Ciro , rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos” o “Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio, etc.”
Según Borges, después del accidente Funes repetía de memoria la Naturalis Historia de Plinio, en latín y en español, “había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, y, de memoria -como se ha dicho- el latín. Y sólo tenía diecinueve años.

Dos relatos familiares

Gimeno (op.cit.) sostiene que a una de las primeras personas a quien le comentó Marchesini “sus nuevos talentos fue a su abuelo paterno, a quien apreciaba particularmente.” Y cuando éste lo tildó de “embaucador”, le describió sin errores “el contenido de un baúl con trastos que su abuelo había traído de Italia y del que sólo él tenía la llave”.

Más tarde, después del episodio del baúl, el abuelo lo desafió a que dijera qué enfermedad tenía su hermana Olga, pues los médicos estaban desconcertados. Marchesini se acercó a ella, le tocó el vestido y declaró: “Lo que tiene es apendicitis, pero el apéndice está mal ubicado y por eso no se lo detectan”; afirmaciones éstas que fueron confirmadas poco después.

Dice Gimeno que quizás este diagnóstico fue el primero que haya realizado Enrique en su larga trayectoria.(op.cit.), “cuya fama se extendió rápidamente por toda la ciudad debido a la exactitud de sus pronósticos.”

Irma Maggi y “Nostradamus”

La primera de los nombrados, hacia 1932, visitó Córdoba para dar una conferencia en la Biblioteca General Paz del barrio donde precisamente vivía Marchesini.

Irma Maggi era, en aquel entonces, una famosa psicómetra, altamente valorada por los especialistas, la cual hacía también demostraciones con los concurrentes, a quienes les pedía la entrega de algún objeto personal para identificarlos.

Parece ser que Marchesini, que se había hecho presente, entregó su anillo y cual no sería su sorpresa cuando, al tomar dicho anillo en sus manos, la disertante expresó (ver Gimeno, op, cit.): “La persona dueña de este anillo tiene un poder superior al mío. Si no quiere darse a conocer ahora puede hablar conmigo en privado más tarde”.

Dice Gimeno que después de la charla íntima que ambos tuvieron, Marchesini se decidió entonces a realizar diagnósticos médicos, de manera permanente.

¿ De qué forma? Se accedía a ello reservando un turno, pagando el arancel correspondiente y llevando una prenda de la persona enferma..., es decir, su metodología -afirma este autor- “era simple y despejada de rituales” prefiriendo “que el enfermo no asistiera, para no ser influido por su presencia o por las noticias graves” que pudiera dar. Tocaba la prenda que le llevaban o -como ya se ha dicho- pasaba luego la mano en alguna escritura; después posaba la vista en un pequeño libro, lo que era un pretexto más que nada para concentrarse unos segundos y a veces inquiría algunos datos del enfermo para asegurarse del pronóstico o del diagnóstico.

Quiere decir entonces que lo que había comenzado en un principio a título experimental, se convirtió de pronto en una tarea rutinaria o profesional, cumpliendo este cometido celosamente y por más de cuarenta años en esta ciudad, por lo que su fama excedió la provincia y el país, obteniendo el respeto de los propios médicos que a veces lo consultaban para confirmar sus personales diagnósticos.

En lo que atañe al episodio que tuvo con el mago apodado “Nostradamus”, que para Parra no era otro que Conrado Castiglione (Historia de la Parapsicología en Argentina, 1993, pág. 35), el historiador Efraín U. Bischoff me relató una anécdota ocurrida durante una función del mago en Córdoba, la que fue muy comentada en los medios locales.

Parece ser que “Nostradamus” actuaba permanentemente en el viejo Teatro Comedia de esta ciudad, haciendo intervenir a los propios espectadores, sobre la base de experimentos que parecían mágicos, de los que no era ajena la telepatía. En una función determinada concurrió Marchesini y cuando apareció “Nostradamus”, éste sin otra explicación, advirtiendo la presencia de aquél, se apresuró a informar a los asistentes de que lamentablemente no iba a poder realizar la función programada, porque había una persona en la platea que le impedía o interfería totalmente su actuación.

Entonces Marchesini se levantó preguntándole: ¿Usted se refiere a mí? Efectivamente, le contestó “Nostradamus”. “Entonces, me retiro”, dijo Marchesini, abandonando el recinto, sin hacer ningún otro comentario.

La denuncia

Dice Gimeno (op.cit.): “Poco tiempo después de que comenzara a trabajar, ante denuncias por ejercicio ilegal de la medicina , fue visitado por el Presidente del Consejo Provincial de Higiene, junto con dos funcionarios” más, para clausurar el lugar, es decir, la oficina donde atendía las consultas.

Marchesini se defendió comunicándoles que él no recetaba ni realizaba ningún tipo de tratamiento, sólo diagnósticos y sin atender a los signos ni síntomas, casi siempre a distancia.

Y ante la incredulidad de los presentes “les ofreció ponerse a prueba adivinando el contenido de una carta que uno de ellos llevaba en el bolsillo interno de su saco, recibida por la mañana y aún no abierta, a lo que el presidente retrucó: “Señor Marchesini si usted me dicta el contenido de esta carta, la abrimos aquí mismo y si ambos textos coinciden, yo me comprometo a extenderle un certificado para que nadie más lo moleste”. “Marchesini le tomó la palabra y al cotejar ambas cartas se comprobó que eran idénticas hasta en puntos y comas”.

A partir de ese momento, pues, se podía ver en su oficina el diploma oficial que lo autorizaba a realizar diagnósticos.

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