Una historia matizada por la radiestesia - Parapsicología de Investigación

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Anne de la Motte: Una historia matizada por la radiestesia. Juan Gimeno - 2013


Se acepta que un hecho inesperado pueda disparar una cadena de razonamientos y sondeos que conduzcan a la resolución de un problema. Un argumento en este sentido puede ser la incierta caída de una manzana sobre la cabeza de Isaac Newton, que le habría inspirado el concepto de gravedad antes de formalizar su Ley de Gravitación Universal, anécdota que ahora parece legitimarse con la publicación por parte de la Royal Society de un manuscrito en donde su autor, William Stukeley (1752), amigo personal y biógrafo del gran físico, la da a conocer como cierta. También suele ocurrir que una referencia al pasar ilumine sorpresivamente un sendero que lleve a la construcción de una biografía hasta entonces considerada inviable. Algo de esto aconteció a partir de una carta de lectores que visibilizó a una protagonista de la parapsicología argentina, que a pesar de su paso fugaz justificaba un mayor esfuerzo para dilucidar aspectos desconocidos de su vida. Se trata de Anne de la Motte, mencionada brevemente por Orlando Canavesio al dedicarle su tesis doctoral, en la que detalla que “se encuentra radicada en Buenos Aires desde hace dos años, es dotada de tipo radiestésico y ha colaborado en algunos trabajos de este tipo” (Canavesio, 1951, p. 21).

En el año 2001, a raíz de algunos comentarios elogiosos en un periódico al Premio Nobel Alexis Carrel, el profesor de historia Andrés H. Reggiani inició una polémica al recordar que durante la Segunda Guerra Mundial, el aludido había ofrecido sus servicios al régimen colaboracionista del mariscal Pétain, agregando más adelante que: “Su mujer, Anne de la Motte, fue también un personaje particular, ya que además de su conocida pasión por los fenómenos sobrenaturales, fue a través de ella que el científico se vinculó a los círculos de la extrema derecha francesa en la década del 30’ (Reggiani, 2001). En los días posteriores varios lectores salieron en defensa de la aludida, pero curiosamente no por las referencias políticas sino por considerar peyorativa la alusión a su “pasión por los fenómenos sobrenaturales”. Una de las más categóricas fue María Fotheringham (2001), quien la había conocido mientras visitaba el pueblo de La Cumbrecita donde residía, en la provincia de Córdoba, a finales de los años cincuenta: “Hacía largas caminatas apoyada en su bastón en compañía de varios perros amigos, esparciendo por doquier todas las migajas sobrantes del pan para regocijo de los pájaros. Su espaciosa habitación estaba colmada de libros, viejas fotografías, además de un tocadiscos Winco para escuchar la música que tanto amaba”. Y luego de esta luminosa evocación, añadía otra más enigmática: “Poseía un extraño aparato que contenía en pequeñas porciones todos los minerales del cuerpo humano. Con la sola aplicación de la mano en un extremo del mismo, un pequeño péndulo imantado en radium empezaba a girar, marcando en espacios numerados el contenido de cada mineral en la sangre. Fue así como me hizo un análisis completo en un lapso muy breve”. Asombrada, la improvisada paciente preguntó por qué no se aplicaba ese sistema en lugar de los análisis habituales, a lo que la anciana respondió con ironía: “¿No sabía usted que la farmacopea es una industria tan poderosa como la guerra?”.

¿Cuál es el valor que puede asignarse a este testimonio? Aun sin descartar su buena fe, es necesario recordar la fragilidad de este tipo de fuentes, sobre todo si fueron expresadas cuatro décadas después de ocurridos los hechos. Con respecto al “extraño aparato”, se trataría de una colección de tubos cerrados al vacío, denominados testigos, mediante los cuales los radiestesistas aseguran poder detectar la presencia de minerales u otros elementos. Anne habrá acercado su mano izquierda sucesivamente a cada testigo mientras con la derecha sostenía un péndulo sobre el brazo de María; luego habrá traducido, mediante tablas el tipo e intensidad de los movimientos del péndulo, obteniendo así los valores buscados. Existen varias hipótesis para explicar este comportamiento del péndulo, pero se pueden reducir a dos grandes grupos: las físicas, que aceptan que se comportaría como una antena receptora de campos desconocidos, similares a los electromagnéticos; y las parapsicológicas, que consideran que todo el procedimiento actuaría como un disparador de la clarividencia innata del radiestesista, del mismo modo que ocurre con las cartas del tarot o la borra del café.

Sería un exceso demandarle a la testigo que hubiese comparado los valores de aquel examen con otros obtenidos con el método clásico, ya que sólo se trataba de una turista atenta. De todas maneras, la al menos pintoresca escena, sumada a la afirmación más confiable de Canavesio, consiguieron reverdecer el entusiasmo por conocer más detalles sobre la vida de Anne de la Motte.

La joven Anne

Según Yves Horeau (1974-1975), Anne Marie Laure Gourlez de la Motte nació el 15 de febrero de 1877 en el castillo de Carheil, uno de los más bellos y lujosos de la comuna rural de Plessé, ubicada en el departamento Loire Atlantique, en el oeste de Francia. Sus progenitores fueron Marie de Montaigu y Alfred de la Motte, aunque el responsable de la fortuna familiar había sido su abuelo paterno Etienne, coronel del ejército de Napoleón, declarado barón durante el Imperio, luego también nombrado caballero de San Luis y comandante de la Legión de Honor. Los de la Motte residían en París, donde Anne y su único hermano recibían la mejor educación. Pasaban sus vacaciones en el castillo, cabalgando y cazando en los bosques privados. Anne era una gran deportista, ya fuera navegando, patinando sobre hielo o manejando los primeros automóviles. Sin embargo la imagen alta y atlética de la joven mundana se complementaba con la de la enfermera vocacional: había instalado un dispensario en uno de los edificios del castillo, en donde atendía enfermos y heridos de las granjas vecinas.

A principios de 1906 se casó con el militar Henri Jarret de la Mairie, catorce años mayor que ella, y el 18 de noviembre del año siguiente nacía su hijo, el marqués Henri Alfred Jarret de la Mairie, que residiría en la Argentina probablemente desde antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Poco después, a los 32 años, queda viuda y se muda a la vivienda de su madre, que también había perdido a su marido, en el número 10 de la square de Latour-Maubourg, siempre en París. Profundamente católica, asistió a los cursos de enfermería de la Cruz Roja y se consagró a la caridad, “pero no a obras mundanas y sociales sino con el espíritu de una religiosa laica que quiere sacrificarse”, como recuerda Robert Soupault (1953), para completar luego: “La joven viuda era alta, bella, elegante. Era intrépida, hasta aventurera, gustaba el placer del riesgo que la guerra no haría otra cosa que desarrollar (…). No se apuraba por nada, hablaba francamente, sin ambages, con algunas turbulencias” (p. 128).

Todos los años, hacia el 15 de agosto, asistía como enfermera a los peregrinos que viajaban hasta Lourdes buscando el milagro de una curación. El verano de 1910 sería particularmente conmovedor. Durante la procesión vio a una madre con su niña ciega en brazos, lamentándose porque no le permitían avanzar al faltarle el permiso y el certificado médico obligatorio. Anne tomó a la niña y le dijo a la mujer que la esperara allí. Al rato, al pasar frente al sacerdote que sostenía la custodia, la enferma abrió los ojos y comenzó a llorar al ver por primera vez la luz del sol. Pero aún no terminaron las sorpresas de aquel día. Durante la tarde, mientras descansaba en un banco al aire libre, fue reconocida por un médico que había observado el milagro desde cierta distancia. Se llamaba Alexis Carrel y en 1903, reemplazando a un colega, había estado al lado de una moribunda con peritonitis tuberculosa, para después observar la remisión de todos los síntomas luego de ser bañada en las piletas de Lourdes. Ambos conversaron extensamente sobre el prodigio que los unía, simpatizaron y se siguieron viendo en los días posteriores.

¿Había sido aquél el primer contacto de Anne con un fenómeno inexplicable y la causa de un futuro interés, o, a la inversa, su estadía en Lourdes, al igual que la de Alexis, se debía a experiencias o lecturas previas? Su informe ante la Oficina de Constataciones Médicas parece avalar la segunda opción, ya que según Jorge Camarasa (2012) declaró textualmente: “Que el niño fuera ciego (2) y repentinamente haya adquirido la vista es un hecho que no se puede negar. Pero, ¿qué seguridad podemos tener de que ello se deba a la intervención de Dios? Yo sentí una impresión muy fuerte, me sentí desfallecer… Puede esto haber sido originado por alguna virtud que salió de mí y dio la vista al niño” (p. 95).

En sitios confesionales (3) se cita esta exposición como un ejemplo de la terquedad de los incrédulos ante la evidencia de la intervención divina; sin embargo, se trata de una respetable mirada crítica que prefiere agotar en primer término la explicación más simple, como aconseja el principio de parsimonia. Una respuesta que daría hoy también cualquier parapsicólogo, o en aquellos tiempos un metapsíquico o investigador psíquico de los tantos que estaban en actividad, que Anne pudo haber leído o contactado. En la ciudad donde residía vivían y trabajaban Charles Richet, Camille Flammarion y hasta Julian Ochorowicz, todos ellos miembros de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Londres y participantes y organizadores de las cuarenta y tres reuniones realizadas en el 1907 con la dotada de efectos físicos Eusapia Palladino (Courtier, 1908) en París. Con respecto a la radiestesia, en los primeros años del siglo XX, en Europa toda aunque particularmente en Francia, tuvo un gran desarrollo y difusión; tanto que en París, el 27 de marzo de 1913, se realizó el primer congreso internacional de rabdomantes organizado por la Sociedad de Psicología Experimental de Francia, en el que participaron delegados oficiales del Ministerio de Agricultura de ese país. Por otra parte, si Anne tenía aptitudes paranormales especiales, es muy probable que a esa edad ya hubiera tenido al menos reiteradas manifestaciones espontáneas, por lo que puede conjeturarse que en aquellas primeras reuniones con Carrel haya aportado mucho más que el testimonio del milagro observado.

La señora Carrel

El 27 de diciembre de 1913 aparecía en el New York Times (1913) un cable especial fechado el día anterior, dando cuenta de que en París se había casado el médico Alexis Carrel con Anne de la Motte. La trascendencia de la noticia radicaba en que el esposo trabajaba en el Instituto Rockefeller, y un año antes había ganado el Premio Nobel de Medicina y Fisiología al conseguir que un tejido cardíaco de pollo permaneciera con vida durante ciento veinte días, dando uno de los primeros y fundamentales pasos hacia los trasplantes de órganos.

La misma noche del casamiento los Carrel se embarcaron hacia New York, en donde trabajarían juntos los primeros tiempos. Con el comienzo de la Primera Guerra Mundial ella siguió junto a su esposo pero como directora del grupo internacional de quince enfermeras del hospital temporario número 21, en Compiègne, Francia, muy cerca del frente de batalla, obteniendo la Cruz de Guerra por su admirable sangre fría durante un ataque aéreo alemán. Luego del Armisticio ambos volvieron a América, pero a partir de 1925 Anne visitaba sólo tres meses al año New York, ya que no le agradaban ni el clima ni el ritmo de vida estadounidense. En cambio pasaban juntos el verano francés en la isla de Saint Gildas, en la bahía de Morlaix, propiedad que habían adquirido con el dinero obtenido con el Premio Nobel. En esa isla sorprendió a Anne el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y recién en 1941 pudieron reencontrarse, instalándose otra vez en París. Al año siguiente Alexis es nombrado regente de la polémica Fundación Francesa para el Estudio de los Problemas del Hombre, en la que también trabajaba Anne. Luego de la Liberación, Alexis es acusado de colaborar con el régimen pro nazi, su salud se deteriora y fallece el 5 de noviembre de 1944, evitando así un seguro juicio por traición a la patria.

Casi no se conocen las ocupaciones de Anne durante la época de su segundo matrimonio; sin embargo es posible entresacar datos que los biógrafos de Alexis incluyeron necesariamente en sus textos, con los que se tratará de rastrear las presumibles actividades parapsicológicas de su esposa. Soupault (1953) ubica una primera referencia en una carta personal, fechada en Lyon, en el verano de 1913, en la que Alexis revela: “He tenido ocasión de notar hechos realmente extraordinarios que prueban que ciertos fenómenos considerados ya como legendarios, ya como obra de hechicería, son perfectamente reales o naturales. Esto me aguijonea en un camino difícil…” (p. 143), y en la misma página se aclara que en esas vacaciones no estaba solo sino “acompañado de la familia de su hermana y de la señora de la Mairie, con quien se han confirmado los proyectos de unión”. ¿Se habrá tratado de la primera oportunidad que tuvieron los novios de experimentar juntos? ¿El fenómeno “legendario” y de “hechicería” al que se refería en su carta, sería la radiestesia que Anne practicaba?

Las anteriores preguntas pueden trocarse por afirmaciones, ya que el mismo autor, más adelante, al referirse a la armonía que reinaba en el matrimonio, destaca que Alexis “se sentía feliz y halagado de ser comprendido y admirado por su compañera, el prestigio de cuya persona había acrecentado más ante él en virtud de ciertas facultades misteriosas que le reconocía”, y a continuación expresa sin ambages: “Se recuerdan todavía los primeros ensayos, más o menos fortuitos, de transmisibilidad de las percepciones a distancia que realizara en 1913, y sobre los cuales volvió primero en 1918 y después durante el transcurso de los años 20, 21 y 22”; y además: “El manejo del péndulo y las sorpresas de la radiestesia atraían también su atención, tanto más cuanto que la señora Carrel era en ese aspecto extrañamente experta, y la verdad es que no dejó de tener influencia sobre él” (p. 199). Finalmente Horeau (1974-1975) completa el retrato al comentar: “Tenía también una bella voz de contralto y cantaba muy bien. Extremadamente apasionada, se inscribió en el movimiento Cruz de Fuego (4) y militó activamente. Mujer de acción, su gusto por las relaciones sociales era mayor que el de su marido…”; para terminar proclamando de manera palmaria: “Era una asombrosa radiestesista y toda la vida se consideró poseedora de dones casi sobrenaturales” (p. 32). Estas citas confirman la presunción inicial de que Anne nació con una aptitud parapsicológica especial, que reconoció tempranamente, estudió, trató de desarrollar a través de la técnica de la radiestesia y compartió con su marido para concretar experiencias controladas.

Los textos

Existe coincidencia en afirmar que el matrimonio de los Carrel fue dichoso, a pesar de no haber tenido descendencia ni una convivencia continuada. Fueron fieles uno al otro hasta que la muerte deshizo ese vínculo, aunque ella continuó el compromiso tratando de componer la imagen de él ante la sociedad, colaborando activamente con los biógrafos y hasta publicando tres libros sobre materias no específicas a su profesión (5); sin embargo, las opiniones se dividen al intentar determinar la magnitud de la influencia de Anne en las publicaciones de carácter general de su compañero. En un extremo se encuentra Claude Vanderpooten (1996), quien dedica todo un artículo para demostrar lo antitético de sus personalidades, arriesgando: “Él, el gran modesto, crédulo, ingenuo, magníficamente simple, para emplear los términos del padre Dürkin… flechado por falta de armadura, curarizado, fagocitado, hipnotizado por esa mujer extraordinaria, esa mantis religiosa, gran sacerdotisa y maestra de ritos oscuros” (p. 160). Casi afirma que lo publicado luego de la muerte del médico fue escrito por Anne (“Carrel, incapaz de escribir ‘Viaje a Lourdes’, de firmar semejante relato al agua de rosas”, p. 158) y aventura algo similar para los textos anteriores, al menos los pasajes referidos a cuestiones “sobrenaturales” (“Una idea horrible nos sobrevive… ¿y si, en vida del señor, un poco de pelusa de la señora hubiera quedado prendida entre sus líneas de escritura infantil?”, p. 159), ensañándose sobre todo con La Incógnita del Hombre, libro escrito por Carrel en 1935 que vendió un millón de ejemplares editado en varios idiomas: “Esas ‘notas’… ¿no habrán sido el aporte de último momento de una lectora presionada por el impresor… disgustada por tamaña ligereza sobre cuestiones de suma importancia en las que ella es especialista? El autor, el verdadero, ¿ha tenido siquiera tiempo de dar su aval?” (p. 160). Vanderpooten sólo puede validar con preguntas y sugerencias su hipótesis, tal vez desconcertado de que un científico genial haya “confesado” su interés por los fenómenos paranormales. Otros autores son más prudentes y prefieren mencionar una influencia mutua, razonable y enriquecedora. De todas maneras, cualquiera de las dos opciones habilita una llave maestra para conocer el pensamiento de Anne sobre estos temas, expresado a través la pluma de Alexis.

Testigo directo de las atrocidades bélicas, sensible a la crisis de valores y las agitaciones sociopolíticas del momento, Carrel en La Incógnita del Hombre identifica como una de las causas de la situación a la sectorización de la investigación científica. Ya en el prefacio para la primera edición advierte que no es filósofo sino sólo un científico que busca la unidad y totalidad del conocimiento, “pretendiendo sólo conocer aquellas realidades que la observación científica abarca” (Carrel, 1954, p. 22). Para ello reflexiona sobre el estado general de las ciencias clásicas, pero incorpora otros aspectos desatendidos, como los problemas morales y políticos y otros deliberadamente vilipendiados, como la existencia de Dios, la relación entre la plegaria y los milagros y la parapsicología. Realiza reiteradas alusiones a la telepatía y la clarividencia, que son mucho más que las “notas” vistas por Vanderpooten. La aceptación tácita de este campo es frecuente a lo largo el libro, como cuando señala: “No tenemos derecho mayor de abandonar el estudio de los fenómenos de clarividencia que los de la cronaxia de los nervios” (p. 52), aclarando un poco más adelante que “aún hoy día, la telepatía y los otros fenómenos metapsíquicos se consideran como ilusiones por los sabios que se interesan únicamente en el aspecto físico-químico de los procesos fisiológicos” (p. 58). Y con respecto a su búsqueda personal, revela: “El autor comenzó estos estudios cuando era un alumno joven de medicina. Se interesó en ellos de la misma manera que se interesó en la fisiología, en la química y en la patología” (p. 126). Carrel obtuvo su título de médico en 1900, lo que ubica el nacimiento de su interés varios años antes de que presenciara el milagro en Lourdes y de conocer a Anne; aunque deja abierta la posibilidad de que haya recurrido a su esposa como sujeto, al asegurar: “[El autor] ha hecho experiencias propias y observaciones propias también. Ha utilizado en este libro los conocimientos que ha adquirido por sí mismo y no por opinión de los otros” (p. 126).

Seleccionando los párrafos que a lo largo de las 509 páginas se refieren a la parapsicología podría organizarse el exacto estado de situación de la disciplina en 1935, algo que se aleja del objetivo de este artículo; pero al menos se incluirá la descripción que hace sobre la manera de operar de un psíquico: “Es capaz de encontrar en medio de una muchedumbre a aquel a quien debe dirigirse, le hace ciertas comunicaciones. Le ocurre también el hecho insólito de descubrir en la inmensidad y el tumulto de una ciudad moderna, la casa, la habitación de aquel a quien busca, aunque no haya conocido jamás ni a ella ni a él. El individuo que posee esta forma de actividad se comporta como un ser extensible, una especie de ameba, capaz de enviar un pseudopodio a una prodigiosa distancia” (p. 236 y 237). Estos detalles corresponden exactamente con el trabajo que realiza un radiestesista cuando busca un objeto con la ayuda de un péndulo y un mapa de la zona; y es posible saber en quién estaba pensando Carrel al escribir ese párrafo, ya que en el mismo año en que aparece la primera edición de La Incógnita del Hombre se publica en la revista del Instituto Metapsíquico International un artículo experimental firmado por Anne de la Motte Carrrel (1935), en el cual ella actúa como radiestesista. La importancia de este documento es evidente, ya que se trata del único texto sobre parapsicología firmado por ella, desconocido por los biógrafos no habituados a hurgar en ese tipo de bibliografía (6).

Allí se revela que las experiencias se realizaron en la isla Saint Gildas, dato que sirve para confirmar que el operador de los ensayos, que se identifica con las iniciales A. C., no es otro que Alexis Carrel. En efecto, la discreción del lugar no sólo servía para el descanso de los esposos. Soupault (1953) asegura: “Se dedican un poco a la pesca, y por la noche, a escuchar una selección de discos de canto gregoriano. Pero el hábito de la investigación es una segunda naturaleza. No tarda en instalarse un pequeño laboratorio, donde cada uno se entrega a sus fantasías investigadoras. Se hace metapsiquismo, hipnosis animal en perros pastor, y hasta se fabrican elixires” (p. 244). Alexis, luego de sorprenderse de las posibilidades de estos fenómenos, comenta con ilusión: “¡Qué penetración formidable lograría aquél disciplinado al mismo tiempo de inteligencia y de aptitudes telepáticas!” (Carrel, 1954, p. 128); pues eso es lo que consiguieron ambos en estas experiencias en las que se complementa el rigor y la sencillez metodológica con la extraordinaria capacidad de Anne, y obliga a preguntarse si lo engorroso y rebuscado de los actuales experimentos se debe a una dificultad inherente al objeto de estudio o si en realidad pretenden enmascarar la falta de imaginación de los investigadores o las preocupantes limitaciones de los sujetos.

Se realizaron en total nueve ensayos similares. En cada caso se delimitaba un espacio abierto (el más pequeño de 0,61 m por 1,07 m y el mayor de 74,6 m por 74,1 m) dentro del cual Alexis escondía un objeto personal (boina, pañuelo, anillo, mechón de cabellos); luego Anne recorría con su péndulo un mapa que reproducía en escala las dimensiones del terreno. Una vez estimada la posición probable, se verificaba la ubicación del objeto y se medían las coordenadas reales en el terreno y las estimadas en el papel. Finalmente se comparaban las coordenadas reales con las estimadas y se establecía el error relativo, que varió entre el 1 y el 14,5 por ciento. El resultado es muy significativo, y Anne se encarga de mencionar que “ese valor se ubica en el orden de magnitud de los errores cometidos en la mayoría de las experiencias biológicas” (p. 453). En los primeros seis ensayos, la posición del objeto era conocida por A. C., lo que podía aportar algún tipo de indicio sensorial. Para evitar esto, en los últimos tres intentos introdujeron un procedimiento de doble-ciego a la vez sobrio y efectivo: en el experimento 7 se logra descubrir un nido con huevos dentro de un campo de cebada que se sospechaba era incubado por una gallina de Guinea que lo sobrevolaba diariamente; y en los experimentos 8 y 9 se describe: “La experimentadora toma ocho sobres, coloca un mechón de su pelo en uno de ellos, cierra todos de la misma manera y los junta con un sujetador metálico. Le da el paquete a A. C. quien lo toma por el sujetador y va a esconder cada sobre, tomándolo de una punta, en los puntos 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, y 8 del seto. Así, A. C. ignora el lugar donde se encuentra el sobre que contiene el mechón de pelo. En unos instantes el péndulo indica el punto 2 como que allí se encuentra el sobre señalado. Abre todos los demás sobres. Ninguno de ellos contiene cabellos” (p. 451 y 452).

Es posible que hayan existido otras experiencias, aunque nunca fueron publicadas; cuatro años después comenzaba la segunda Guerra Mundial. El conflicto marcaría un final de época para la Humanidad y también para la vida privada de Anne. Unas últimas cartas escritas por Alexis confirman el interés permanente de su esposa por el uso del péndulo, tratando de descifrar el desenlace del conflicto. El 18 de junio de 1944 redactaba: “Las predicciones de Anne se hacen realidad de manera asombrosa (…) predijo desde hace más de un año que los ingleses y los norteamericanos no avanzarían más en el interior de Francia” (Drouard, 1992, p. 44), y un mes después: “He aquí de qué manera la Srta. Laplace y Anne predicen la continuación de la guerra, una por clarividencia pura, la otra con ayuda del péndulo, la mayoría de las predicciones fueron hechas hace más de un año… alianza de los japoneses y los rusos. Acuerdo de rusos y alemanes” (p. 45).

La viuda de Alexis Carrel

Fue posible consultar cuatro fuentes que aportan información sobre la llegada de Anne a la Argentina. Reggiani (2004) arriesga que “a comienzos de los cincuenta Anne Marie de la Motte emigró a la Argentina para reunirse con el hijo que tuvo de su primer matrimonio, quien era propietario de una estancia cerca de La Cumbrecita” (p. 15); Drouard (1992) agrega: “Después de la Liberación, Anne Carrel se fue a los Estados Unidos y luego a la Argentina, desde se instaló” (p. 44); Canavesio (1951) por su parte asegura que “se encuentra radicada en Buenos Aires desde hace dos años” (p. 21); finalmente, examinadas las guías telefónicas de la época, se advierte que en la de 1950 aparece por primera vez el nombre “Carrel Alexis, Anne de”, con dirección en la Avenida Santa Fe 3980. Por lo que puede inferirse que llegó a Buenos Aires en 1949 y se instaló en un departamento frente al Jardín Botánico, una de las zonas más lujosas de la ciudad.

Asistió como enfermera voluntaria en el hospital Fernández y formó parte del Servicio Sacerdotal de Urgencia, mediante el cual se consolaba y se administraba los sacramentos a los enfermos que lo solicitaban; también publicó los libros inéditos de su marido y colaboró con el francés Robert Soupault, que igualmente residía en Buenos Aires y estaba escribiendo la primera biografía de Alexis. Con respecto a su actuación como radiestesista, es posible que luego de un corto tiempo haya reiniciado esa actividad. Paralelamente, desde 1948, el médico Orlando Canavesio dirigía un Gabinete de Parapsicología, como parte del Instituto de Psicopatología Aplicada que funcionaba dentro del Ministerio de Salud de la Nación. Allí administraba electroencefalogramas a los psíquicos durante su tarea específica tratando de descubrir un patrón característico, datos que luego utilizó en su tesis doctoral, la primera consagrada a la parapsicología en el país. Canavesio dedica su tesis no sólo a Anne, como ya se mencionó, sino también “a la memoria del Dr. Alexis Carrel, en cuyos libros bebí sabiduría y valor para seguir el camino de la metapsicología (Canavesio, 1951, p. 2). La actuación de Anne dentro del Gabinete de Parapsicología queda demostrado, ya que Canavesio detalla: “Se contrató para efectuar experiencias e investigaciones al metagnósico Sr. Eric Courtenay Luck, que actúa oficialmente desde 1949, y son colaboradores los dotados Dr. Luis Acquavella, Dra. (7) Anne Vda. de Alexis Carrel, Valentín A. King y Enrique Marchesini” (p. 19); curiosamente, de los cinco mencionados, tres (Acquavella y King, además de Anne) practicaban la radiestesia.

En 1953 Anne es invitada a dar una conferencia en la Academia Nacional de Medicina; gracias a que fue publicada la desgrabación es posible conocer parte de sus intereses y pensamientos. Su título era “Alexis Carrel y los milagros de Lourdes”, en la que Anne se esmera en mostrarse como una religiosa militante. Comienza aludiendo al Espíritu Santo (“no me ha concedido el don de la palabra”. Carrel, 1953, p. 281) y explayándose en referencias católicas en la vida de su marido. Describe los milagros que ambos presenciaron y se detiene para definir el concepto. Un eco de aquella respuesta en la Oficina de Constataciones persiste cuando asegura que un milagro puede producirse por causas diferentes: “Puede ser una respuesta a la Fe de la persona curada; o a las oraciones de los que la rodean; o por una Gracia insigne que toca el alma y la obliga a comprobar el Poder Divino”, pero a continuación trata de no desentonar con la versión de la Iglesia: “El verdadero milagro consiste en el estado del alma o de las almas, que por medio de la oración se unen con Dios, se encuentran junto a Él y en Él se confunden. En este momento, la Misericordia Divina vuelca sobre nosotros, como vasos comunicantes, la Gracia necesaria para que el milagro se cumpla” (p. 287). El ámbito laico en que se encuentra disertando parece el adecuado para hacer alguna referencia parapsicológica, o referirse al menos tangencialmente a su tarea junto a Canavesio en un organismo oficial; sin embargo eso no ocurrirá. Sólo una curiosidad casi al final, para relacionar el milagro con algunos desarreglos fisiológicos: “Al hablar de la gran fatiga que mis compañeras y yo sentíamos cuando se producía un milagro cerca de nosotros, [Alexis] me aconsejó tomarme la temperatura y la tensión. Resultado: tensión 7-9 (en vez de 7,5-13); y temperatura: 35° en vez de 36,7°; y esto duraba 3 a 4 días” (p. 292); para finalizar a toda orquesta relatando los últimos momentos de la vida de Alexis, recibiendo los “Últimos Sacramentos” y perdonando a todos antes de expirar.

La curadora de las sierras

No se conocen con exactitud los motivos por los que Anne se radica en La Cumbrecita hacia 1954; lo cierto es que vivió en la casa del Dr. H. H. Von Witzleben, único médico que tenía el pueblo, con quien colaboró como enfermera. Posteriormente, cuando Witzleben regresa a Alemania, se instala en el primer piso del hotel La Cumbrecita hasta su fallecimiento. La Cumbrecita es un lugar escondido en las sierras cordobesas, fundado en 1934 por familias llegadas de Europa Central. Su aislamiento geográfico, la escasez de habitantes (menos de cien mientras vivió Anne y actualmente inferior a novecientos) y la relativa cercanía temporal de los hechos, permiten encontrar testimonios directos de su paso. Jorge Camarasa (2011) recopila: “Algunos tienen imágenes borrosas de esa mujer alta y elegante, el pelo blanco y el luto riguroso, paseando por el pueblo adornada con sus medallas de guerra y un sombrero de ala ancha, ayudándose con un bastón”, para luego agregar algunos datos desconcertantes: “A partir de 1957 había comenzado a atender gente que llegaba a verla desde Buenos Aires, Rosario y Córdoba, y que se alojaba en el hotel durante las dos o tres semanas que por lo general duraban los tratamientos (…). Con los ojos cerrados, apoyaba sus manos en la espalda del visitante y le describía su enfermedad, y otras entraba en trance y decía ver los cuerpos por dentro”. Esto es corroborado por Juan Behrend (2013) que recuerda las visitas acompañando a su tía: “Los métodos de la Doctora me fascinaban. Apelaba a sus capacidades de vidente para hacer diagnósticos de sus males. A continuación Hilde debía acostarse casi desnuda en una camilla mientras ella le pasaba las manos abiertas sin tocarla por el cuerpo como si fuesen cucharas para limpiarla y despojarla de vibraciones tóxicas acumuladas en el aura (…). En ocasiones dejaba sus manos sobre los puntos neurálgicos por un largo rato, como si estuviera efectuando una infusión de energía” (p. 229).

Puede parecer una contradicción esta última imagen comparada con aquella pulcra del experimento de 1935; sin embargo es necesario aclarar que la aptitud parapsicológica se comporta como unitaria aunque con diversas formas de manifestación, y que a su vez las personas con grandes capacidades pueden desarrollar distintas especializaciones de acuerdo a sus propios sistemas de valores y de creencias, siendo las más habituales la bíopk o influencia sobre la materia viva para intentar curaciones y la clarividencia dentro del cuerpo humano para conseguir diagnósticos de salud. Por eso no debe extrañar que Anne desarrollara protocolos como el publicado en la Revista Metapsíquica, destinado a científicos ortodoxos e investigadores en parapsicología, y por otra parte llevara a cabo prácticas más difíciles de evaluar objetivamente pero que considerara útiles a sus semejantes, y que esta aparente dicotomía la acompañara a lo largo de toda su vida aunque sólo quedara evidenciada en los últimos años.

Ricardo Bachmann es un residente e historiador de La Cumbrecita. Asegura que todos a quienes consultó coinciden en aceptar que debió haber una relación anterior entre Anne y el Dr. Witzleben que la decidiera a radicarse allí. Ha recopilado varias historias imposibles de confirmar, pero se decide a relatar una que aconteció dentro de su familia, la que pasaba sus veranos en el pueblo antes de radicarse definitivamente. Aproximadamente en 1957, a los pocos días de llegar, su hermana mayor manifiesta síntomas de apendicitis. La atiende el Dr. Witzleben, pero como tiene dudas sobre el diagnóstico sugiere que sea revisada por Anne. Y a continuación rememora: “Mi madre contaba que quedó impresionada porque tan sólo por observar a mi hermana (no la tocó, ni siquiera le pidió que se desvistiera) le aconsejó trasladarla con suma urgencia a un hospital, asegurando: ‘Si esta niña no se encuentra dentro de las próximas cinco horas en un quirófano, no podrá ser salvada’” (Bachmann, 2008). La paciente viajó apresuradamente a la ciudad de Córdoba, donde fue operada inmediatamente a raíz de una apendicitis aguda. Otro relato similar se consiguió de otra carta de lectores. Alicia Tarak (2001) recuerda haberla conocido “en unas vacaciones entre 1958 y 1963, como una anciana activa y muy respetada”, y confirma la relación con Witzleben: “Como el doctor no disponía de aparatos de rayos X, llamaba a madame Carrel, quien tenía el don de concentrarse y ‘ver’ las anomalías que hubiera en el cuerpo humano”; luego suscribe una anécdota similar a la de Bachmann. Un peón de campo se quejaba de fuertes dolores de cabeza. Como el médico no encontraba la causa, llamó a Anne: “Ella entró en trance y luego de examinar todo el cuerpo del joven, le preguntó si alguna vez había tenido una caída y se había golpeado la cabeza. El muchacho recordó que años antes se había caído del caballo y había tenido un fuerte golpe en la cabeza”, por lo que fue trasladado a un hospital donde le diagnosticaron y extirparon un tumor.

Un aporte inesperado llega desde Internet. Entre las fotos antiguas de los habitantes de La Cumbrecita, aparecen dos incluyendo a Anne. En una (imagen 1) se la ve en un almuerzo al aire libre, sentada debajo de un pino junto a otros vecinos, ya anciana pero atenta y vital, con el pelo blanco y ropa sencilla; y en la otra (imagen 2) algo más joven, sentada en una silla de caña al sol, tejiendo con anteojos, también con ropa sencilla y oscura y el pelo blanco. Observando estas fotos, y recordando otras de su juventud, como la obtenida en 1914 (imagen 3) en la que está junto a su marido en la planchada de un barco, en uno de sus viajes entre París y New York, se toma dimensión del extraordinario recorrido de esta mujer, y queda en evidencia la escasez y a veces la inconsistencia de la información conseguida para completar su biografía y comprender cuáles eran sus verdaderas capacidades, cuáles sus teorías al respecto y cuántos los aportes que realizó para su esclarecimiento. Pero inesperadamente Claude Vanderpooten (1996), en el final de su casi ofensivo artículo, abre una puerta para que el misterio se convierta alguna vez en claridad: “La única esperanza está ahí, en los manuscritos, cuadernos, libretas, cartas, incomprensiblemente sepultadas, que hay que ordenar, tamizar, lavar…” (p. 161), refiriéndose a los archivos de Alexis Carrel que su viuda donara en 1953 a la Universidad de Georgetown, en manos de su rector, el sacerdote jesuita Joseph Durkin (1969), amigo del matrimonio. Allí siguen estando hoy con acceso restringido, a la espera del investigador que logre llegar hasta ellos.

Anne de la Motte falleció el 2 de febrero de 1968, cuando estaba a punto de cumplir 91 años, y fue enterrada en el pequeño cementerio de La Cumbrecita. Su certificado de defunción asegura que falleció a las cinco de la mañana a causa de un infarto de miocardio. Bachmann (2012) aporta lo redactado por Sigrid Anz en el Libro de Registros del cementerio, quien luego de completar la información burocrática, agrega: “Mdm A. Carrel, que en su vida ha ayudado a tantos enfermos, ella misma enferma de la columna a causa de un accidente, ha dejado de sufrir” (p. 71).

REFERENCIAS

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Bachmann, Ricardo. (2008). Comunicación personal. Mail del 12 de noviembre.
Bachman, Ricardo. (2012). La Cumbrecita. Recopilación histórica. Córdoba: Edición del autor.
Behrend, Juan. (2013). Mi Cumbrecita. Entre dos mundos. Buenos Aires: Dunken.
Camarasa, Jorge. (2011). El misterio de madame Carrel. La voz del Interior (Córdoba), 7 de febrero. Obtenido desde http://www.lavoz.com.ar/opinión/misterio-madame-carrel. Consultado el 14 de agosto de 2013.
Camarasa, Jorge. (2012). Historias secretas de Córdoba. Buenos Aires: Aguilar.
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Horeau, Yves. (1974-1975). La destinée imprévue d’Anne de la Motte. Cahiers des amis de Guérande (Guérande), 21, p. 30-32.
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Vanderpooten, Claude. (1996). Alexis Carrel: la mystification… Histoire des sciences médicales (Paris), 30 (2), 155-161.

NOTAS

1. Agradezco a Dora Ivniski por sus traducciones del francés; a Ricardo Bachmann por su valiosa información sobre La Cumbrecita y a Josick Lancien por el envío del artículo de Yves Horeau.
2. En realidad se trató de una niña de 18 meses, aunque traducciones imperfectas suelen modificar la edad o el sexo de la persona beneficiada por el milagro.
3. Por ejemplo, ver http://laverdadcatolica.org/lourdes.htm.
4. La liga Cruz de Fuego dirigida por François de la Rocque, formó la base del Partido Social Francés, el primer partido político de masas de la derecha francesa.
5. Viaje a Lourdes, en 1949, en el cual describe bajo el género de novela y utilizando seudónimos el milagro presenciado por él en 1903; La conducta en la vida, en 1950 y Día tras día, en 1956, estos dos últimos con reflexiones personales.
6. En esta misma página Web se ofrece una traducción de este artículo con el título de “Experiencias sobre planos mediante el procedimiento del péndulo”.
7. En algunos textos se asegura que Anne era médica; sin embargo eso no es cierto y se ignora el origen de la información.

- (derecha) Anne de la Motte tejiendo en el fondo de su casa en La Cumbrecita, provincia de Córdoba, Argentina.
- (arriba izquierda) Anne de la Motte (tercera desde la derecha) en un almuerzo al aire libre en La Cumbrecita. Gentileza Ricardo Bachmann.
- (abajo izquierda) Anne de la Motte, junto a su esposo Alexis Carrel, en 1914


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